Por: Osmen Wiston Ospino Zarate
La
educación pública es el detonante intelectivo que debe permitir que las
sociedades se desarrollen al máximo de sus potencialidades, que éstas
participen de las mieles del progreso de manera respetuosa y tolerante y, por
supuesto, que propicie más allá del discurso desgastado de la exclusión social
una paz duradera para todos los ciudadanos.
Colombia
es ese país mágico en el cual la antidemocracia es el sinónimo más acertado
para el concepto de democracia. Por ejemplo es antidemocrático que, según
Fedesarrollo, de “1.000.000 estudiantes que se matriculan en primer grado solo
culminen once 500.000”. Esto habla de lo poco atractiva que es la Institución
educativa, la pésima calidad de los procesos que oferta y la pasmosa facilidad
con que perpetúa las inequidades.
